Hay olores que no se quitan con incienso. Huelen a tinta de imprenta secreta, a pasillos oscuros en despachos donde se decide el hambre de un país y, sobre todo, a la cínica complicidad de quienes han cambiado el Evangelio por una chequera. En Guinea Ecuatorial, el régimen de Teodoro Obiang Nguema Mbasogo ha perfeccionado el arte de corromperlo todo, pero faltaba una pieza en el tablero de la ignominia que Diario Rombe ha identificado. Faltaba que el altar y la caja registradora de la Tesorería General del Estado firmasen un pacto de sangre y adjudicaciones directas.
Bajo la batuta de Tommy Lorenzo Mba Obono, nieto del dictador y el hombre que maneja los hilos opacos de los supuestos «mantenimientos de inmuebles del Estado» —un eufemismo para saquear el erario público mediante empresas fantasma sin empleados ni oficinas—, los expedientes siguen desenterrando cadáveres políticos. Pero esta vez, el descubrimiento tiene un eco hueco de campana y cruje con el almidón de una sotana.
Por primera vez, un sacerdote católico aparece retratado en el corazón mismo del festín corrupto. No es un feligrés extraviado ni un cristiano anónimo. Es el reverendo Adolfo Roque Mba Obama Angono, natural de Evinayong, un clérigo al que quienes bien conocen definen con una frase lapidaria: «Un tipo de mucho cuidado, aunque a primera vista parezca simpático».
Lo que viene a confirmar las palabras del propio Fiscal General del Estado, quien denuncia, pero no parece ejecutar realmente sus funciones, es que la corrupción del país se encuentra arraigada en los altos estamentos de las instituciones estatales, incluidas determinadas estructuras de la Iglesia católica, así como en los altos mandos del Ejército y de los cuerpos de seguridad de la nación.
Según sus propias declaraciones, esta situación sería una de las razones por las que numerosos proyectos institucionales destinados al desarrollo del país permanecen estancados y sin avances significativos. Sin embargo, hasta ahora no se ha visto una actuación judicial real y contundente contra estos sectores señalados por su presunta implicación en el saqueo de los recursos del país, que continúa produciéndose con aparente impunidad.
La simpatía, sin embargo, se desvanece cuando uno repasa su hoja de servicios al dictador. Su colaboración con el aparato represivo no es nueva ni improvisada. Ya en 1999, la formación opositora Convergencia Para la Democracia Social —CPDS— tuvo que denunciar públicamente cómo, desde su atril de Vicario Episcopal, exigía a los fieles que apoyaran «plenamente y sin condición alguna» al dictador y a su Gobierno, convirtiendo la eucaristía en un mitin de sumisión. Diez años después, en 2009, su nombre volvió a mancharse de autoritarismo cuando expulsó sin pudor a un militante opositor de una misa celebrada en Evinayong.
«Ok, ¿de qué se trata?»: La avaricia no descansa
Para el régimen, la lealtad ideológica y la anestesia de las conciencias se pagan caras. O, mejor dicho, se cobran religiosamente. Cuando la redacción de Diario Rombe tuvo acceso a los documentos, decidió comprobar el pulso de la avaricia. A través de los teléfonos constados en el registro mercantil, un redactor lanzó el anzuelo:
—Buenas Noches Padre ROQUE. Necesitaríamos contratar los servicios de su empresa SOCOMCE GE S.L.
Apenas habían transcurrido 99 minutos —una hora y treinta y nueve minutos de vértigo y codicia— cuando el Padre Adolfo devolvió el mensaje. Lejos de invocar el desprendimiento terrenal o de cuestionar la moralidad de un contrato exprés, el clérigo contestó con los ojos puestos en la ganancia:
—Ok de acuerdo. Pero de qué te trata. Y quién es?
La trampa estaba cantada y el pez había mordido el anzuelo sin titubeos.
Millones a cambio de bendiciones oficiales
La empresa en cuestión, SOCOMCE GE S.L., figura en las entrañas del negociado de Tommy Lorenzo Mba Obono como la afortunada receptora de dos contratos tan suntuosos como obscenos. El primero está destinado al «mantenimiento integral» de la parroquia de Guadalupe de Mongomo; el segundo, al Seminario Menor Juan Pablo II en la misma localidad.
Por ambos, la tesorería del Estado le transfiere cada mes 4.750.000 FCFA por el primero y otros 4.750.000 FCFA por el segundo, sumando la friolera de 9.500.000 FCFA anuales que van a parar directamente a la cuenta de la empresa con terminación -21 en CCEIBank.
La escena es dantesca. Mientras en la calle los feligreses sufren la miseria impuesta por décadas de dictadura, acudiendo a los templos con el peso del hambre y la desesperanza, sus pastores hacen caja con el tirano. ¿Con qué cara levanta el Padre Adolfo el cáliz los domingos? ¿Qué evangelio predica el empresario con sotana que cambia la dignidad de los altares por las migajas ensangrentadas del erario público? Hoy, el misterio ha quedado al descubierto: en la Guinea de los Obiang, hasta Dios tiene precio de saldo.