En diálogo con Diario La R, conocimos desde la propia voz de quienes han vivido en carne propia el consumo problemático de sustancias y así nos cuentan cómo se construye día a día la recuperación. En Uruguay, las adicciones son un problema ampliamente evidenciando una tasa alta de consumo de alcohol, tabaco, ligado a la estabilización del mercado de cannabis regulado y el desafío persistente del uso problemático de pasta base y cocaína sobre todo en sectores vulnerables.
Según datos de la Junta Nacional de Drogas, alrededor de 373.000 personas tienen un consumo problemático de alcohol, mientras que unas 290.000 presentan consumo de cannabis, de ellas el 17% presenta indicadores reales de uso problemático. Y en menor medida pero igual de significativo está la cocaína o pasta base. Estas cifras reflejan una realidad que atraviesa hogares, barrios y generaciones enteras. Las familias se ven desbordadas, los jóvenes caen en la espiral del consumo y el sistema de salud y las políticas públicas parecen no dar abasto.

Cabe señalar que las adicciones no es un asunto individual, sino un problema social que se alimenta de la exclusión, la falta de oportunidades, el estigma y la desprotección. Detrás de cada persona que consume hay una historia de dolor, de abandono o de trauma. La droga llega como un paliativo y termina convirtiéndose en el centro de la vida.
Y cuando eso ocurre, la familia entera se enferma, los padres se sienten culpables, los hijos crecen sin referentes, y los lazos se rompen. La sociedad, por su parte, suele mirar con desprecio a quien cae en la adicción, sin entender que se trata de una enfermedad crónica que requiere tratamiento, no castigo.
Centro Terapéutico Renacer
En medio de este panorama, el Centro Terapéutico Renacer abrió sus puertas en abril de 2025, donde la iniciativa nació de la experiencia acumulada de quienes durante años trabajaron en otras comunidades de rehabilitación. Sebastián Ferrari, subdirector del centro, junto a Martín Silva, director, emprendieron este proyecto con la convicción de que la rehabilitación no puede ser un depósito de personas, sino un espacio donde cada residente pueda construir herramientas reales para mantenerse afuera.
La decisión parte de que en contextos masificados, la rehabilitación se convierte en un ciclo de entradas y salidas sin solución. Por eso, Renacer apuesta a la calidad por encima de la cantidad. El tratamiento combina el modelo de comunidades terapéuticas con la metodología de los doce pasos de Narcóticos Anónimos. Esto incluye la aceptación de un poder superior, entendido según la libre interpretación de cada persona, en un marco laico que promueve el desarrollo espiritual sin imponer dogmas.

El camino hacia la recuperaron y principales barreras
El centro cuenta con un equipo de operadores terapéuticos donde también participan ex residentes que han completado su tratamiento y se están formando como operadores. Este es el caso de José Correa, quien forma parte del equipo terapéutico.
Ingresó al centro el 26 de junio de 2025, por decisión voluntaria, después de una experiencia previa que no le resultó. Tenía 44 años y su vida era insostenible. «Vivía para consumir y consumía para vivir», resume. Su consumo era de cocaína, pero él mismo aclara que «no importa qué tipo de droga se consuma, todas nos llevan al mismo lugar, a perder la familia, los vínculos, los trabajos». En su caso, había tocado fondo, pues llegó a una situacion de calle.
El cambio no fue fácil, pero encontró en la disciplina una herramienta clave. «Como está tu ropero, está tu cabeza; como está tu cama, está tu cabeza», repite como una enseñanza interiorizada. Hoy, después de más de un año limpio, puede ver a su hijo y tiene el apoyo de su familia, aunque reconoce que las heridas no se cierran de inmediato. «La relación cambió y hoy ha vuelto, no a la normalidad, pero ven que me estoy dando la oportunidad de cambiar».
José valora especialmente el trabajo en comunidad. «La convivencia entre 30 personas es difícil, pero el tema está en internalizar el cambio. Yo quiero salir adelante primero por mí, segundo por mí, tercero por mí. Porque si uno no lo hace por uno mismo, no está bien ni el hijo ni la hija ni nadie». Su testimonio refleja una de las ideas centrales del centro y es que la recuperación es posible, pero exige un compromiso personal profundo.
Ferrari habla desde la experiencia donde él mismo recorrió el camino que hoy acompaña. Sabe lo que es dormir en la calle, perder el vínculo con los hijos, sentir que no hay salida. Pero también sabe lo que es encontrar un lugar donde la disciplina y el trabajo diario te devuelven la dignidad.
Él decidió formarse cuando terminó su tratamiento porque entendió que su recuperación se fortalecía ayudando a otros. «Si no me cuido yo, nadie va a cuidarme», dice, y esa frase condensa la responsabilidad individual, pero también la certeza de que la recuperación no se hace en soledad.
Su historia muestra que la adicción no se cura en el banquillo, ni esperando a terceros.Sino con hechos, basta una cama, un plato de comida, un operador que te escuche sin juzgarte. Él es el ejemplo de que se puede salir, pero también de que el sistema no lo pone fácil.
Un día decidió cambiar y hoy, desde su lugar, tiende la mano a quien recién empieza. Y eso, en un país donde la droga se consigue en cualquier esquina, es más que un acto de voluntad, es una forma de resistencia.
Junto a esto, Ferrari, pone el foco en los desafíos de gestión del estado en materia de adicciones, calificandolo como “urgentes”. Uno de ellos es la falta de especialistas en psiquiatría y otro problema recurrente es el atraso en los pagos del Mides. «Hay comunidades terapéuticas que llevan tres o cuatro meses sin cobrar una partida. Es muy difícil sostener a quién necesita ayuda sin apoyo económico», comunica Ferrari. A pesar de ello, el centro se sostiene gracias al esfuerzo de sus responsables y a la colaboración de instituciones locales como la Intendencia de San José y el Rotary Club de Libertad.

Uruguay en el “ojo del huracán”
El punto aquí es que Uruguay ocupa un lugar que debería ser motivo de alarma y, sin embargo, parece haberse naturalizado. El país lidera el consumo de cannabis y opioides en América Latina, y se ubica segundo en cocaína y opiáceos. Y por otro lado se destaca su uso regulado. Detrás de cada porcentaje hay una historia que el sistema no está pudiendo atrapar aun con la luz roja prendida. Sin embargo, el debate político sigue atrapado en la discusión sobre si la regulación es buena o mala, mientras las familias continúan su lucha desde redes de contención, asociaciones civiles o por el “boca a boca”.
El problema no es solo el consumo, sino que el tratamiento no llega, a nivel global, se estima que solo una de cada doce personas con consumo problemático de sustancias recibe algún tipo de atención. En Uruguay, la brecha es aún mayor donde las listas de espera para acceder a un psiquiatra en el interior pueden superar los tres meses, y la oferta pública de centros de internación es insuficiente para la magnitud de la demanda, esto sin sumar los costos que demanda una consulta de este tipo por vía privada. No se trata de un problema de recursos, sino de prioridades.
El Estado gasta en campañas de prevención que no siempre llegan a quien más las necesita, mientras las comunidades terapéuticas -muchas de ellas sostenidas por el esfuerzo de ex adictos y familias- sobreviven con financiamiento intermitente que las deja al borde del “qué podría pasar mañana”.
La dimensión social de las adicciones en Uruguay es también una dimensión territorial. En el interior del país, la falta de especialistas es crónica. Un solo psiquiatra puede atender a cientos de pacientes, y las distancias geográficas se suman a las barreras económicas. Las mutualistas recurren a médicos de medicina general para hacer repeticiones de psicofármacos, una solución de emergencia que no reemplaza el seguimiento especializado. El sistema de salud no está preparado para abordar la patología dual -adicción más trastorno mental-, y los centros que intentan hacerlo se enfrentan a una demanda que desborda su capacidad.

Una necesidad urgente
Lo que se necesita no es más promesas, sino una estrategia que ponga el foco en la articulación. Que las comunidades terapéuticas tengan financiamiento estable, que los psiquiatras lleguen al interior, que el Mides agilice las derivaciones y que la prevención no se quede sobre la base de un discurso vacío sino una política con llegada territorial. El testimonio de José es un recordatorio de que cuando el sistema falla, la voluntad individual no alcanza. Y que la lucha contra la droga no se gana con el “estamos trabajando en ello”, sino con hechos concretos que sostengan a quienes quieren salir del círculo vicioso que desenlaza el consumo de drogas”.
Renacer representa un modelo que funciona, un modelo replicable, un modelo necesario. Como dice José Correa, «hay tres clases de adictos, el que sale por cuenta propia, el que necesita un tratamiento para salir adelante, y el que necesita un tratamiento y quedarse en un centro terapéutico, dando una mano, trabajando». Él eligió esa tercera opción, y hoy, desde adentro, ayuda a otros a encontrar el camino que él mismo recorrió.