“A veces el mundo no necesita otro héroe. A veces lo que realmente necesita es un monstruo”, esa fue la amenaza de una bestia del siglo XV, el único que espantó a los otomanos que exiliaron los clanes que hoy “mandan” sobre Hibueras; una criatura más obscura que ustedes vuelve, no tiene honor como el Conde, trae ambiciosa sed y nada de compasión… “Yo soy el monstruo que los hombres vivos quieren matar”.
Una neblina obscura cubre sus sueños, quienes se han creído dueños de Honduras, invocaron un mal que no iban a controlar, ambición y soberbia los cubrió de codicia, pensamos “aprendieron”. Volvieron hacer el ritual y está vez el precio será perder todo. Y todo les será destruido y caerá la peste como la noche. Vean el cielo ahora, puede ser la última vez.
Usureros y malnacidos han sido siempre, por unos cuantos lempiras negaron a este pueblo su reivindicación, en tres meses regresaron las tinieblas. Una madre llora sobre el cadáver aun tibio del hijo, envuelta en sangre; a lo lejos, una abuela pide limosna y un jornalero cambia el machete por la mochila migrante. El licor importado que yace en sus torres solo reseca más sus gargantas, sus almas han sido reclamadas.
Reflexión
EL LIBERTADOR
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Tegucigalpa. La ciudad amaneció con un silencio raro, como si alguien hubiera apagado los pocos pájaros que quedaron en la capital. No era domingo ni feriado, pero las persianas metálicas estaban a medio bajar y el viento arrastraba papeles con membretes que ya no significaban nada. Decían que, en la madrugada, cuando los relojes pierden el pudor, llegó el dictamen (como la Orden 66 en Star Wars), destruir un grupo histórico de poder en el país. Las casas, antes vigiladas por jardineros y señoras de limpieza, quedaron abiertas como heridas. Los muebles finos, sillones que habían escuchado secretos de décadas, terminaron alineados en la calle, bajo un sol inclemente como el que los mandó a “ejecutar”. Un perro flaco —de esos que sobreviven a todo— levantó la pata sobre un cuadro al óleo, y nadie lo detuvo. Los rotativos dejaron de respirar y las noticias se quedaron atrapadas entre tinta y miedo. En las redacciones, las sillas giraban solas, todavía calientes, como si alguien acabara de levantarse para no volver. Aquí murió “El Tiempo” Continental.


Ese día no solo calló una “familia”, sino se entregaba el control del país a otra estructura, un grupo que aportó hasta un cinco por ciento del Producto Interno Bruto de la nación, donde su “Padrino” decía “soy el dueño de la justicia en Honduras” y no era alarde de ese ego, solo una escena quedó, una sensación incómoda, persistente, de que algo más grande que una familia había sido desalojada esa madrugada. Como si el aquelarre de las familias se había roto por una figura mayor, algo más obscuro que ellos, algo que no pudieron controlar y los devoró.


Ese mal no solo “llegó”, lo trajeron ellos mismos, un reflejo de la pudrición de décadas y abusos, corrupción y copas de “Armand de Brignac” desbordantes, mientras los desdentados se pegan en el vidrio de los semáforos. Como un viaje maldito, lo subieron con cuidado, casi con devoción, los mismos que luego jurarían no haberlo visto nunca. Pagaron el flete caro —demasiado caro— creyendo que transportaban uno más que solo los iba a obedecer, qué les daría estabilidad y seguirían dominando el presupuesto. Nadie revisó la carga.
El barco cruzó la noche sin incidentes visibles. Pero algo fue cambiando en cubierta y luego la neblina, el silencio, después la ausencia y finalmente la muerte. Uno a uno, los que custodiaban el viaje dejaron de aparecer. No hubo gritos. No hubo lucha. Solo espacios vacíos, botas abandonadas, puertas entreabiertas que nadie se atrevía a cerrar. Cuando finalmente tocó puerto, la escena ya estaba escrita: no quedaba tripulación que reclamara el pago. El monstruo que ellos mismos subieron, con la promesa de la eterna riqueza y ambición de sangré casi los hizo desaparecer.


En tierra firme, los mismos que habían financiado la travesía esperaban reconocimiento, un pedazo del pastel, cargos, embajadas o multimillonarios proyectos. Esperaban un socio. Pero lo que descendió no era alguien que venía a negociar, no al menos con esas familias y empezó, con paciencia, a desplazar, reducir y aislar.
Los grupos que creyeron tener control comenzaron a hablar entre ellos en voz baja, luego en susurros, luego en un idioma que solo ellos entendían, el de la desesperación. Algunos resistieron hasta quebrarse; otros cayeron en una especie de vigilia absurda, defendiendo lo que ya no existía. Hubo quienes terminaron contando números que ya no cuadraban, repitiendo nombres que ya no respondían. Fue peor: fue lento y degradante.


La penumbra de Juan, espesa y áspera llegó a las cunas e infectó todo lo que andaba a su paso, se bajaba en carruaje negro y era intransigente, hasta que los humilló y aplastó, las bestias no necesitan permisos, como el Frankenstein de Mary Shelley, terminó destruyendo su propio creador. Y cuando esa capa de humo se disipó pensamos que estos grupos habían aprendido la lección, que después del sufrimiento vendría la sabiduría como dice William Blake, pero no. Nada más equivocados estaban estos teclados viejos y gastados, estos grupos ya no aprendieron a trabajar en el Capitalismo o el Libre Mercado, lo único que pueden ver es un presupuesto y como hartárselo, el gato negro se los comerá o más bien, los empalará.


Y entonces, cuando todo parecía haber terminado, el país volvió a ese silencio inicial, pero ya no era el mismo. No era la afonía de la sorpresa, sino el de los que saben —aunque no lo admitan— que la historia se repite cuando nadie cambia. Las “familias” miraron los restos, recogieron lo que pudieron, se sacudieron el polvo… y volvieron a buscar otro barco, porque nunca entendieron el viaje, no se trataba del hombre, ni del cargo, ni del imperio prestado. Se trataba de ellos mismos, de esa necesidad de mandar sin construir, de poseer sin crear, de dominar sin límite. Y así, como si nada hubiera pasado, volvieron a negociar con la sombra, pero las sombras no olvidan, esta vez, cuando el demonio alado vuelva a descender —porque siempre vuelve— solo quedará el eco, de lo que alguna vez fueron ustedes, los creadores de la criatura, del monstruo solo recuerden que no fueron víctimas, sino los arquitectos de su propio empalamiento. Avanti.