Especial para En Rojo
La humedad asalta mi cuerpo. Su olor es todopoderoso. Lo reconozco, vengo de un lugar que se cuece en lluvias, filtraciones, goteras, hongo, musgo, moho. El sentimiento milenario sobrecoge. Caverna, humedad, olor, oscuridad, frío. Traspasar la puerta es entrar a un tiempo antes del tiempo. Olvido, por momentos, la intervención humana: la excavación, los escalones, los reflectores, la entrada, el museo que antecede el recorrido, el espeleólogo que nos guía, los otros cuatro turistas. No se pueden hacer fotos. No se puede tocar nada. Estupendo; solo caminar, atravesar, mirar, oler, pensar, imaginar. El desafío es hacer turismo intentando no ser turista. ¿Será posible? Difícil olvidar la recién firma inconstitucional de la Ley 82 del 2026 (PS310) que permitiría la imposición del megaproyecto turístico de lujo Esencia en Cabo Rojo a contrapelo de la destrucción del hábitat, la fauna, la flora, los acuíferos, los bosquejos y vida de los caborrojeños.¿Será posible maravillarse en este útero planetario de la cornisa cantábrica, habitado hace al menos 150,000 años, sin dejar huellas? Hemos venido desde lejos para ver la entrañas de ese reborde montañoso que ha sobrevivido al animal humano. No es telón de fondo, como solemos pensar. Es, en sí mismo, protagonista de la vida planetaria; rocas, agua, elevación, sedimento, formaciones geológicas, ecosistemas de la oscuridad y tiempo, mucho tiempo. Hay que caminar en tinieblas sorteando los charcos de agua, para evitar resbalar. Hay que escurrirse por sus paredes sin agarrarse. Hay que contemplar las estalagmatas, columnas formadas por la unión de estalagmitas y estalactitas, renunciando a palpar su cérea materialidad. Aguanta la mano, no puedes tocar, me repito una y otra vez. Un gran desafío. No es tan fácil controlar a la niña que soy ante esta inmensidad.
La cueva de El Castillo, ubicada en Puente Viesgo, tiene un desarrollo lineal de 300 metros, escucho al guía. Descubierta en 1903 por el arqueólogo Hermilio Alcalde del Río supone una de las muestras más impresionantes de la vida en el paleolítico. Se piensa que la habitaron neandertales, hace 41,000 años, y que posteriormente llegaron los hommo sapiens, continúa. Incluso, -y entonces modula la voz para dar énfasis-, hay evidencia científica de la convivencia entre ambas especies hace 30,000 años. Al eco de la voz entusiasmada del guía, atravesamos las entrañas terrestres imaginando las condiciones de vida de esas especies prehistóricas, incluyendo la nuestra. Sobrevivencia: el frío, el hambre, el sueño, el miedo, el apareamiento, la vida misma con su sangre y sudor. También en ese cuento ancestral que labra mi mente insisto hacerle un espacio a la esperanza, a la alegría y al juego, es decir, al arte.
Eufórica, mis ojos van repasando los cientos de pinturas rupestres que atesora esta cueva. Magníficos ciervos, bisontes, cabras perfectamente delineados en ocre o negro aparecen en las paredes. Fíjense en las rayas de este ciervo, señala el guía, el rayado implica aún mayor maestría. Conmueve la destreza ancestral. Emociona ser testigo de la necesidad de expresión datada, con carbono 14 y uranio, entre al menos 3,500 y 41,000 años. Incluso, se sospecha que las pintadas más antiguas fueron realizadas por neandertales. ¡Por neandertales! Esos primos de cráneo diferente, mayor masa muscular y cuerpos robustos, se nos asemejan demasiado. Tan solo compartimos un 99.8% de su ADN. ¡Tan solo! Me pregunto por la innovación técnica, la mayor adaptabilidad al clima y la creación de redes sociales más numerosas, situación cognitiva de los sapiens que hace décadas se señalaban como razones de la exitosa adaptabilidad de nuestra especie sobre los neandertales.
Seguimos la ruta y aparecen los discos rojos pintados en las paredes rocosas: una serie de puntos granates dispuestos en línea horizontal. Pienso en el carácter simbólico de las figuras, en la plasmación del pensamiento abstracto. !El lenguaje! Ante estos bellos puntos rojos, evidencia material de pensamiento complejo, de abstracción, del pensamiento simbólico de ambas especies, se hace difícil acallar los reclamos de Rita Laura Segato: “Me considero ex humana. Tengo un desprecio profundo por la especie en que me tocó nacer” (“Destellos en la oscuridad”, conversación con Ana Caopardo, abril 2025). Una y otra vez la he escuchado renegar de la especie homo sapiens -con razón, con mucha razón-, al abordar la frontera de humanidad que ha quebrado el genocidio palestino, elaborado y ejecutado frente nosotros, los del planeta completo, sin que ley, carta de derechos humanos, razón, ni humanidad lo detenga.
Continuamos camino por la oscura galería. Al fin las vemos: las rojizas manos en negativo. Unas pequeñas y delicadas siluetas se revelan por el efecto del pigmento soplado sobre la extremidad logrando el contorno de las manos. Por su tamaño se sospecha que son de mujeres.
Dicen que la imaginación corre hacia el futuro, pero igual se arrejunta con la memoria en el pasado e inventa escenas, cuentos de camino, en fin, historia. Las manos pretenden hablarme. Escucho su lenguaje sordo. Las reconozco. Imagino mi linaje intentando dejar marcas, explorando la durabilidad del pigmento sobre la piedra. ¿Habrán pensado en otra forma de vida futura? ¿Soñarían con una cotidianidad más llevadera? ¿Apostarían por una convivencia más solidaria? Al menos, ¿soñarían con una lectora del futuro? Me aguanto las manos, las mías, también pequeñas para mi tamaño, quisieran encontrarse con alguna de estas setenta y ocho manos en negativo. Quisiera palpar la sororidad ancestral. Decirles que su experimento funcionó. Que han permanecido. Que estoy aquí hoy, leyendo su pintada. Agradeciéndoles su escritura.
