Costa Rica enfrenta un momento crítico para su democracia de cara al 2026, pues el récord de abstencionismo alcanzado en las elecciones de 2022 encendió las alertas sobre el desgaste del vínculo entre la ciudadanía y la política.
Ante este escenario, Inés Revuelta, académica e investigadora universitaria, lanzó la campaña cívica y educativa “¡Hagamos que cuente!”, con el objetivo de devolverle sentido al voto mediante información clara, pensamiento crítico y responsabilidad democrática.
En entrevista con La República, Revuelta analiza las causas de la apatía electoral, los riesgos para 2026 y la urgencia de un voto informado.
¿Qué factores están desmotivando a las personas a votar y qué síntomas advierten que esta tendencia podría agravarse en 2026?
El país atraviesa una mezcla peligrosa de desencanto, desconfianza y fatiga democrática que se ha venido enconando desde hace décadas. La ciudadanía percibe que problemas estructurales como la inseguridad, el deterioro de los servicios públicos, la desigualdad o la crisis educativa no encuentran respuestas coherentes desde el liderazgo político, y eso erosiona la creencia de que el voto todavía es una herramienta de cambio. A esto se suma un ecosistema digital cargado de ruido y confrontación, donde se premia el enojo y no la propuesta.
El riesgo para la elección del 1.º de febrero de 2026 es que normalicemos la indiferencia. Ya vemos más pesimismo, un debilitamiento del sentido de pertenencia democrática y un distanciamiento emocional con las instituciones. Si no revertimos esa apatía con información clara y educación cívica, podríamos enfrentar una participación aún menor y una legitimidad más frágil del próximo gobierno.
¿Qué tipo de desinformación detecta hoy en el electorado que la campaña busca corregir?
Existe una brecha enorme entre la complejidad real del Estado costarricense y la forma en que se discute la política en redes sociales. Predominan mitos, medias verdades y narrativas simplificadas que atribuyen todos los problemas a una sola causa o a un solo actor, muchas veces desde el populismo. Además, persiste un gran desconocimiento sobre las atribuciones reales del Ejecutivo, la Asamblea Legislativa y los gobiernos locales, lo que genera frustración y expectativas irreales.
Por eso, “¡Hagamos que cuente!” se orienta a clarificar ese terreno: traducir información pública a un lenguaje accesible, desmontar rumores con datos y devolverle a la ciudadanía herramientas para distinguir entre opinión y hecho verificable. Nunca me atribuiré la potestad de decir por quién votar, pero sí, por qué votar.
¿Qué mensaje envía la ciudadanía cuando decide no votar y cómo responde a esto la campaña?
Cuando una persona decide no votar está diciendo: “No veo reflejado mi futuro en ninguna opción política”. Es una señal de ruptura emocional entre la ciudadanía y la política, un retiro ante la sensación de que el sistema dejó de escuchar. Esa protesta expresa cansancio y desilusión, y es especialmente fuerte entre la juventud.
La campaña responde acercando la democracia a la realidad concreta. No romantizamos el voto; lo explicamos desde su impacto directo en seguridad, educación, empleo, desigualdad y convivencia social. He querido demostrar que la abstención no es un espacio seguro en democracia: es un espacio que otros actores, a menudo extremos o autoritarios, pueden llenar con discursos vacíos. Por eso decimos que votar es recuperar la voz, asumir un derecho y también una responsabilidad con la Patria.
Uno de los ejes de la campaña es mostrar la “radiografía” de cada partido político. ¿Qué información debería revisar cualquier persona antes de decidir su voto?
Al menos cuatro elementos: el equipo humano del partido, su trayectoria, la coherencia entre lo que propone y lo que ha hecho, y sus planes de gobierno. También es clave analizar quién financia las campañas y qué grupos de interés orbitan alrededor, porque ahí suele esconderse la verdadera orientación de un gobierno.
Sabemos que muchas personas votan desde la emoción inmediata o la simpatía por una figura, pero eso es una arena movediza. Por eso promovemos el voto “pensado”: aquel que le baja al menos dos rayitas a la emotividad y se las sube a la racionalidad. Una democracia madura se construye con un electorado capaz de examinar a quienes aspiran a gobernar.