El “estilo Honduras” en elecciones, ya no indigna ni molesta, ya es fatiga por este cuento tan largo, mientras el CNE bosteza eternamente, entre caídas de sistema, los “skincare” de Ana y Cossette, el “cielo azul” del Partido Nacional ya lo montó todo, allí los servidores no se caen porque la maquinación es constante, y estos ineptos nos han cobrado 4,000 millones de lempiras por este desastre.
No le juzgamos, estimado lector, si usted ya está pensando en nochebuena, la elección fue decidida desde que el depredador sexual, presidente de estúpidos norteños metió su cara andrajosa; la lección queda, no tocaron al partido del crimen, jugaron a los demócratas y otros marcharon con ellos ¿va Salvita?, pero no nos malentienda, no estamos pesimistas, al contrario, incitamos a la rebelión, ahora y hoy.
En las mil y una noches del CNE, “seguimos procesando”, el cuento se alarga la declaratoria no llega, vale pija si de todos modos el pueblo paga, en noches como esta comenzó la conspiración contra doña Xiomara, pero qué importa, desfilan los funcionarios en Teletón y las oenegés ya celebran el regreso de fondos internacionales. Como dicen los Hermes, los datos tardan, pero ya no es zozobra. Tengamos paciencia.
Reflexión
EL LIBERTADOR
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Tegucigalpa. En el Consejo Nacional Electoral (CNE), el tiempo no avanza o más bien se vuelve gelatinoso como en la obra de Salvador Dali: se arrastra, como babosa.- Las horas se dilatan como promesas de campaña, mientras el sistema cae, se levanta, vuelve a caer y siempre —milagrosamente— la culpa es de otro ¡Deja Vú!, ya lo vimos en 2013. Que fue la plataforma, el proveedor, un “ataque”, la lluvia, que fue Mercurio retrógrado como diría la “generación Z”. En esta tragicomedia institucional, las consejeras han convertido la excusa en método y la lentitud en doctrina. Cossette López y Ana Paola Hall comparecen una y otra vez ante los micrófonos con el mismo libreto reciclado, perfectamente peinadas, impecablemente maquilladas —eso sí—, como si la estética pudiera suplir la ausencia de resultados, mucho tiempo libre para ir al salón, esto parece un mundo musulmán, el harén está feliz. El pueblo espera actas; ellas ofrecen excusas. Honduras exige certezas; el CNE responde con PowerPoint, pausas técnicas y una pedagogía condescendiente que trata a la ciudadanía como espectadora pasiva o pendejos, como decimos en el Centro. Mientras tanto, la noche electoral se convierte en una vigilia interminable y Fulton aplaude las lecciones de la curva, aunque ya sin Luz Ernestina, pues ya le dieron su curul y la democracia queda atrapada en un “estamos trabajando” que ya suena a epitafio. El sistema no solo se cae: se derrumba y conspira, como “cositos” al igual que la confianza y cada explicación tardía es un ladrillo más en ese desplome silencioso.


Como en Las mil y una noches, Cossette y Ana Paola parecen haber aprendido la lección de Scheherezade: no entregar nunca el final, prolongar el suspenso, inventar una historia más para sobrevivir a la siguiente madrugada. Cada comparecencia es un nuevo cuento al amanecer, diseñado no para esclarecer sino para ganar tiempo. Anoche fue la “verificación”, hoy es la “validación”, mañana será la “auditoría técnica”; siempre hay un capítulo pendiente que justifica la demora. Pero a diferencia del sultán, el pueblo hondureño no escucha por fascinación, sino por hartazgo y esa mierda de estar aceptando a criminales. Aquí no se trata de salvar la vida contando historias, sino de administrar un proceso electoral con responsabilidad y urgencia. Mientras las consejeras narran su versión azucarada del caos, en las calles crece la sospecha de que el verdadero problema no es técnico, sino de fraude, así como meten a Toño en el minuto 90. Scheherezade contaba para evitar la muerte; el CNE o el CNA cuenta para postergar la verdad. Y en ese juego peligroso, la democracia no duerme: agoniza, esperando que alguien, por fin, termine el cuento y muestre los resultados.


La sospecha de fraude no irrumpe como rayo: se filtra como humedad vieja en las paredes del sistema. Y cuando los nombres empiezan a encajar, el cuadro resulta obscenamente familiar. Que uno de los diputados más votados sea el yerno de Matamoros Batson —Quien recibía los latigazos dulcemente de los señores gringos y creador de los “votos rurales”— no parece una casualidad, sino una herencia. De algún lugar tenía que venir la “experiencia”, esa escuela práctica de cómo torcer procesos sin dejar huellas visibles, y Cossette parece haber bebido de esa fuente inagotable donde el truco se copia y la ética no cotiza, aunque Ana la mire con odio. A eso se suma el detalle casi doméstico de que Nasry Asfura sea padrino de bodas de Kilvett: la política reducida a álbum familiar, el poder repartido en sobremesas, el Estado administrado como finca. Entonces la pregunta cae sola, pesada y sin cosmético, ni pantaloncillos cortos: si al final todo se arregla entre familia, compadres y yernos, ¿para qué gastar millones en elecciones, sistemas caídos y conferencias maquilladas? Mejor apagar las máquinas, mandar al país a dormir y repetir el ritual de siempre: mil y una noches de cuentos oficiales para que nadie despierte antes de que el reparto esté completo y las elecciones de “Big Banana”, donde un diputado vale más que una mula, señores, seguimos siendo “República Bananera” ¡No nos den paja!


El costo de las elecciones en Honduras ya se convirtió en un escándalo monumental, una forma más de corrupción, un desangre presupuestario que no se corresponde con utilidad social, muchos que no serán presidentes saldrán ricos, pero se conforman con ser ricos. Según cifras oficiales, el CNE presentó un presupuesto de 1,737,500.000, para quien no entiende esa cifra uno un mil millones de lempiras, para las elecciones generales de noviembre 2025, sin contar los gastos previos de las primarias; sumando ambos procesos, más otros “gastitos hormiga”, todo suma casi 4,000 millones de lempiras, que por supuesto, a cuenta del hondureño (su lomo y el mio), lo que equivale a decenas de millones de dólares que podrían haberse invertido en salud, educación o empleo en vez de un sistema informático que falla y tarda días en arrojar cifras que deberían conocerse en horas, una cifra que supera ese esfuerzo por calificar a la Cuenta del Milenio. Pero se reflejará en una hermosa “deuda política”. Pero no todo es malo, se mira más moderno el nuevo edificio desde donde operan Ana y Cossette, frente a una calle angosta y hospital público para que no lleguen las ruidosas marchas de los “resentidos sociales” que crean inestabilidad. ¡Ah! Una curiosidad, solo son 700 metros de distancia entre el CNE y la nueva embajada de Estados Unidos… El que tenga ojos, que vea. Esto es una sociedad mala.


Ese presupuesto colosal no ha evitado que la Transmisión de Resultados Electorales Preliminares (TREP) sea un colador de incertidumbres, que el sistema se caiga cada rato y que los resultados sigan sin definirse casi tres semanas después de la votación. Mientras tanto, las “aves negras” del CNE brillan más por sus coreografías en TikTok y sus ruedas de prensa impecablemente maquilladas que por una gestión eficiente de los fondos y la transparencia exigida por una ciudadanía hastiada. Y en medio de este vergueo ¿Dónde estaba Conatel? Casi 4 millones de mensajes, diciendo a la población por quién votar, desde Tigo y Claro y luego de este derroche, Ana Paola Hall, quien preside el Consejo, aparece como una figura domesticada por el fracaso: entre excusas y promesas de que “ya casi” tienen resultados, es fácil suponer que la lentitud del proceso ha sido tan costosa en dinero como en credibilidad. Si al final seguimos sin resultados claros, la pregunta punzante seguirá flotando en el aire: ¿Para qué gastamos tanto si todo termina en pantallas caídas y actas sin escrutar? A dormir, mil y una noche. Este es el fraude más caro del continente americano o del mundo.


Al final, la ironía es tan burda que ya no indigna: fatiga. Mientras el CNE bosteza entre caídas del sistema y excusas en serie, las actas vuelan con eficiencia quirúrgica hacia el “cielo azul” del Partido Nacional, donde parecen aterrizar antes que en los servidores oficiales del Estado. Allí no hay pausas técnicas ni madrugadas de incertidumbre: hay cifras, orden, resultados tempranos que el pueblo conoce por filtración antes que por autoridad. Es el realismo mágico electoral llevado a su forma más cínica: un partido que “cuenta mejor” que el árbitro, una estructura paralela que funciona mientras la institucional se hace la dormida, esto es institucional a la medida del “Señor percepción”. Y así, como en Las mil y una noches, el CNE estira el relato para que no llegue el amanecer definitivo. Una historia más, una validación más, una noche más sin cierre. Scheherezade contaba para salvar la vida; aquí se cuentan cuentos para salvar pactos. En el cielo azul amaneció hace rato, pero Honduras sigue atrapada en la penumbra del “estamos procesando”. Cuando las actas llegan primero al partido que, al Consejo, no estamos ante una falla técnica, sino ante una verdad incómoda: el cuento ya fue escrito, el final ya se conoce y la democracia solo espera que alguien tenga el valor de dejar de narrar y, por fin, encender la luz. El último que salga, apague los interruptores, mañana el pueblo despertará. Avanti.


PD: Pero vamos, de todos modos ¿A quién le importan las elecciones de un país? Aún podemos ir, como instituciones públicas, a donar a la Teletón, los fondos públicos que quedan y así, uno que otro funcionario puede asegurar su próximo salto personal. Se van donde su verdugo a dejar la última ficha, en el último momento, esa alma de esclavo es hasta la muerte. También son lecciones para Libre. Y esta vez, no hay un Jesús que dice “levántate Lázaro”, la obscuridad viene.