La maniobra de revivir la AN del 2015 que preside Dinorah Figuera, fue cuidadosamente diseñada por Jorge Rodríguez, para desplazar a la Plataforma Unitaria y, sobre todo, para reducir el protagonismo de María Corina Machado. El chavismo vuelve a escoger con quién negociar, una ventaja que siempre ha sabido convertir en poder político.
Humberto González Briceño
En política los fantasmas nunca regresan por nostalgia. Vuelven porque alguien necesita que vuelvan a caminar entre los vivos. La resurrección de la Asamblea Nacional elegida en 2015 no responde a un acto de justicia institucional ni a un reconocimiento tardío de su legitimidad. Responde a una necesidad política muy concreta: la del chavismo.
La instalación de una mesa de trabajo entre representantes del gobierno de Delcy Rodríguez y de la Asamblea de 2015 ha sido presentada como un avance hacia la reconstrucción institucional y la celebración de futuras elecciones. Sin embargo, la pregunta importante no es por qué revive esa Asamblea, sino a quién beneficia que lo haga.
La respuesta resulta incómoda para buena parte de la oposición: beneficia, ante todo, al propio gobierno.
Durante años el oficialismo sostuvo que la Asamblea de 2015 era un órgano inexistente y sin valor jurídico. Hoy la rescata como interlocutora válida. No porque haya recuperado representatividad, sino porque le permite redefinir quién habla en nombre de la oposición.
La maniobra, cuidadosamente diseñada por Jorge Rodríguez, desplaza a la Plataforma Unitaria y, sobre todo, reduce el protagonismo de María Corina Machado. En su lugar aparece una institución cuyo valor simbólico supera ampliamente su capacidad real de representación. El chavismo vuelve a escoger con quién negociar, una ventaja que siempre ha sabido convertir en poder político.
Mientras tanto, Estados Unidos parece aceptar el nuevo esquema. Después de años de sanciones y negociaciones fallidas, Washington privilegia la estabilidad sobre la confrontación. En esa lógica, el gobierno venezolano deja de ser únicamente un problema para convertirse en un mal necesario que garantice una precaria gobernabilidad.
El chavismo entiende perfectamente esa necesidad internacional y vuelve a aplicar una fórmula conocida: concede lo suficiente para mantener vivo el diálogo, pero nunca tanto como para poner en riesgo el control del poder. Ocurrió en Oslo, Barbados y México. Ahora reaparece el mismo libreto: mesas de negociación, promesas de reformas electorales y expectativas de cambio.
Seguramente estas conversaciones abordarán asuntos relevantes. Pero la experiencia demuestra que el problema nunca ha sido qué se negocia, sino cuándo el chavismo decide cumplir lo negociado. Y ese momento siempre coincide con sus propios intereses, nunca con los de la oposición.
No existen razones para pensar que esta vez será diferente. Si el oficialismo continúa administrando el proceso político conforme a la legalidad que él mismo construyó, cualquier modificación importante llegará únicamente cuando fortalezca su permanencia en el poder, incluso si ello supone postergar cambios sustanciales hasta el horizonte político de 2030.
El recurso más importante del chavismo no consiste únicamente en controlar las instituciones.
Consiste en controlar el tiempo.
Mientras la oposición celebra el regreso de un viejo fantasma, el gobierno consolida su interlocución con Washington, redefine quién representa a la oposición y preserva intacto el verdadero calendario del poder.-

EL AUTOR es abogado y analista político con maestría en Negociación y Conflicto en California State University