Uno de los pilares fundamentales de cualquier democracia es el acceso equitativo a la información pública.
Los gobernantes, los ministros y los organismos del Estado no administran información privada; administran información que pertenece a la ciudadanía. Por eso, cuando determinados medios encuentran dificultades para acceder a entrevistas, declaraciones o conferencias de prensa, surge una pregunta inevitable: ¿se está garantizando el mismo trato a todos los periodistas?
Cada gobierno tiene derecho a definir su estrategia de comunicación. Lo que no debería ocurrir es que esa estrategia termine construyendo un círculo cerrado de medios privilegiados mientras otros quedan relegados a un segundo plano. La comunicación gubernamental no puede convertirse en una herramienta para premiar a quienes son complacientes ni para castigar a quienes ejercen una mirada crítica.
En los últimos tiempos, varios profesionales de la comunicación han manifestado su preocupación por la creciente dificultad para acceder a ministros y jerarcas del gobierno. La percepción que se instala es que existe un grupo reducido de medios y comunicadores que cuenta con un acceso más fluido a las fuentes oficiales, mientras otros deben conformarse con comunicados, declaraciones indirectas o respuestas que nunca llegan.
Si esa percepción se consolida, el problema deja de ser periodístico para transformarse en un problema democrático. La diversidad de voces y la pluralidad informativa son esenciales para que la ciudadanía pueda formarse una opinión propia sobre la gestión pública.
Los asesores de comunicación cumplen una función importante: ordenar agendas, coordinar entrevistas y transmitir mensajes. Sin embargo, cuando la comunicación se transforma en un filtro excesivo, el riesgo es que el gobierno termine escuchando únicamente a quienes ya están convencidos de sus argumentos. Ninguna administración debería caer en la tentación de construir una burbuja informativa donde las preguntas incómodas queden fuera de la conversación.
La fortaleza de un gobierno no se mide por la cantidad de entrevistas amistosas que concede, sino por su disposición a responder también a los medios críticos. La transparencia no consiste únicamente en publicar información; consiste en estar dispuesto a rendir cuentas ante todos, sin distinciones ni preferencias.
Porque cuando el acceso a la información parece depender de la cercanía con el poder, quienes pierden no son los periodistas. Quienes pierden son los ciudadanos, que tienen derecho a escuchar todas las preguntas y todas las respuestas.