Dicen que los muchachos ahora no leen porque dedican su atención a los celulares y la vida digital. Apenas pueden, se dice, seguir una trama o un tren de pensamiento. También ha habido una degradación de la escuela en tiempos recientes. En cualquier caso, ofrezco a grandes y chicos esta idea: leer El conde de Montecristo, una de las grandes novelas de la literatura occidental y universal, de Alejandro Dumas, mulato de ascendencia haitiana y francesa (también autor de Los tres mosqueteros). Fue publicada hace 180 años –1846– como volumen completo, al cabo de año y medio de publicarse en serie, o sea, un capítulo tras otro separadamente, en el Journal des Débats en París.
La publicación en serie era a menudo la primera forma en que salían las novelas. La serialización, o publicación de cada capítulo en un folleto insertado en un periódico o revista, fue precursora de las actuales telenovelas y series en internet. Como ocurre con éstas, los autores alargaban la novela según se vendiera, lo cual a veces producía obras, como ésta, de más de mil páginas. Las novelas reclamaban tanto trabajo que era común que dos o más colaboraran en escribirlas. Augusto Maquet fue coautor de esta novela, o tal vez ayudante de Dumas.
La historia debía ser tan interesante que los lectores no pudieran despegarse de su lectura, como sentirá quien lea El conde de Montecristo. Se le describe como una novela de aventuras, pero se engañará quien crea que es solamente eso, o, peor aún, quien la confunda con las versiones que se han hecho para la televisión y el cine, en que es tergiversada, despedazada y reducida. El poder de Hollywood ha generalizado una banalización y simplificación en que se repite la misma estructura narrativa una y otra vez.
Muchas de las incidencias y tramas de El conde de Montecristo se han reproducido en incontables novelas, cuentos, películas y programas de televisión que han venido después. Pero en la obra de Dumas las historias personales y el amor romántico se entrelazan con la historia social y política y con las cuestiones de justicia, moralidad, lealtad, relación del individuo con los otros y con la sociedad, y del poder financiero.
Un humilde, honesto y joven marinero de Marsella, Edmundo Dantés, sufre catorce años en prisión, injusta y viciosamente. Supuestos amigos hacen que se le acuse falsamente de pertenecer al movimiento subversivo que en Francia representaba Napoleón Bonaparte. El procurador del Rey, o fiscal general en nuestro lenguaje, lo envía ilegal e inmoralmente a prisión –sin juicio– en el tenebroso Castillo de If, una fortaleza de calabozos inmundos en una isleta cerca de la costa sur francesa (recuerda a Alcatraz en las afueras de California). Lo arrestan y encierran justo cuando iba a casarse con su amada novia Mercedes.
Después Dantés sabrá que en esos catorce años falleció su padre, su único familiar, sumido en miseria y hambre, y que, suponiendo a Edmundo muerto, su prometida se casó. No sólo es encarcelado injustamente en un instante, de forma inesperada, sino que brutalmente lo arrancan de sus seres más queridos y le arruinan la vida. Quien haya sido acusado falsamente, difamado e ido preso injustamente aunque haya sido por un solo día, y alejado de sus seres queridos, podrá identificarse con este personaje.
Dantés está incomunicado en una mazmorra, sin derechos ni las facilidades mínimas de nuestro tiempo. En la soledad, la oscuridad, la mugre y la desesperación se agrede a sí mismo, incluso trata de matarse. Se le va el sentido de la vida.
Pero varios años después ponen en la mazmorra del lado un preso con el cual logra comunicarse. Eventualmente hacen un pasadizo secreto. Es un abate, un funcionario de la religión, pero además profundo conocedor de las ciencias naturales, la tecnología y la sociedad. Este inolvidable amigo le sirve a Edmundo de profesor –de ciencias, matemáticas, filosofía, mecánica– y psicólogo. Es mediante el intelecto que Edmundo se salva. El conocimiento y la educación le proporcionarán gran vigor y potencia.
Aprovechando la muerte del excepcional sabio, Dantés escapa y nada hacia su libertad. En adelante descubrirá un fabuloso tesoro que sólo el abate conocía, en la pequeña isla rocosa de Montecristo, al oeste de la costa italiana. En esta novela estamos en el mundo multicultural del Mediterráneo. La trama sugiere sus numerosas costas: España, Grecia, Turquía, Túnez, Argelia, Libia, Egipto, Líbano, Siria, Córcega, Cerdeña, Sicilia, Francia, Italia. Es un mundo ancestral de marineros, puertos, comercio, contrabando e intercambios políticos y pandillescos.
Convertido en millonario, Dantés viaja, aprecia el Oriente e inspirado en las enseñanzas del abate, se entrena durante años en diversos conocimientos: ciencia militar, finanzas, medicina, minerología, literatura, arte, química. Ocultando su identidad, se proclama “conde de Montecristo” y traza un plan meticuloso para vengarse de quienes perversamente lo condenaron a la muerte en vida de la prisión. Uno se hizo general del ejército colonialista francés y se casó con Mercedes; otro es un poderoso y cínico banquero; el fiscal general ha consolidado su posición en la alta burocracia judicial gracias a sus conexiones con la aristocracia y los grupos políticamente poderosos. Estos sujetos han hecho mal como individuos, pero también representan intereses de poder y riqueza en nuestra sociedad de egoísmo.
El héroe asume identidades diferentes y comanda una organización con empleados, sirvientes y bandidos que le son absolutamente fieles. Opera al margen del estado y la ley, y dirige su organización con precisión de ciencia exacta. Quizá en parte la obra domine la atención del lector por el gusto que da generalmente la venganza “bien merecida”, y que la ejecute un héroe hábil y valiente. En la tradición cultural la voz que pone orden suele asociarse a la figura masculina.
Veamos el ambiente histórico. La Revolución Francesa ha entrado en crisis diez años después de iniciar en 1789. No se ha estabilizado un nuevo estado. En medio de un caótico vacío de poder, el militar Bonaparte da un golpe de estado en 1799, y se hace dictador. Es despótico, colonialista y militarista, y por otro lado empeñado en exportar por Europa conceptos e instituciones republicanas que la Revolución ha propulsado, atacando la monarquía y el feudalismo. Es un fenómeno reaccionario y a la vez progresista.
Por haber experimentado una revolución social, Francia quedó retrasada en el progreso industrial capitalista en relación a Inglaterra, que emerge como la vanguardia. Bonaparte busca hacer avanzar la capacidad productiva francesa y modernizar el estado. En las primeras décadas del siglo XIX Francia verá una expansión enorme de la educación, las ciencias, la tecnología y la maquinaria. Se difunde por ejemplo la teoría de Saint-Simon, quien aboga por las clases productivas (empresarios, campesinos, intelectuales, científicos, ingenieros, obreros, artesanos) en lugar de las “ociosas” u holgazanas (aristócratas, grandes banqueros y ricos que se lucran con la renta de inmuebles, tierras y deudas que generan pobreza y oprimen a empresas y fincas que podrían ser productivas). Algo de esto se trasluce en El conde de Montecristo.
Ahora bien, Napoleón, a pesar de su modernización de la guerra –desarrollo de la artillería, ofensivas audaces, batallas de cientos de miles de muertos–, es acosado por la alianza monárquica europea que encabeza Gran Bretaña. Sufre un revés duro y decisivo en 1812 con el fracaso de su invasión a Rusia. Es derrotado en 1814. Sus vencedores evitan meterlo en prisión o ejecutarlo, dado el gran seguimiento popular que tiene, y lo recluyen en la pequeña isla de Elba, cerca de Italia, como una caricatura de reyecito en un reino diminuto. Pero desde Elba Napoleón organiza otra vez un ejército. En esta gestión se involucran muchos franceses e italianos. A ese torbellino es arrastrado, sin saberlo, el pobre Edmundo en la novela.
Bonaparte volvió a dar guerra a los ingleses y sus aliados por más de tres meses –entre marzo y julio de 1815– hasta ser derrotado en un pueblito de los Países Bajos, Waterloo, esta vez para siempre. Por tanto, la monarquía francesa ha regresado en 1814 (en una restauración pos-revolución, pos-Napoleón, y contrarrevolucionaria), para ser amenazada de nuevo en 1815 por Bonaparte. Se instala otra vez tras la derrota final de Napoleón. En estos cambios de gobierno la parte antes perseguida se hace después dominante. En este contexto empieza la novela.
El fiscal general ha metido a Edmundo cruelmente en prisión tildándolo de supuesto bonapartista peligroso (después dice que ha muerto en la cárcel, otra mentira). Persigue congraciarse con la aristocracia y mostrar que es fiel a la monarquía; también quiere distanciarse de su propio papá, quien ha sido bonapartista y militante de las ideas de la Revolución Francesa.
Montecristo se vengará de quienes le destruyeron la vida. Aquí venganza es justicia, podría decirse, puesto que el estado, que debería velar porque las leyes sean justas y se aplique el derecho, es corrupto y está comprometido con intereses políticos particulares y clases reaccionarias indiferentes. No habrá perdón. Eventualmente, sin embargo, nuestro héroe parece cuestionar los extremos de sus castigos a los truhanes.
La opresión social se dramatiza en el horrible régimen carcelario y la disfuncionalidad del sistema de tribunales. La cuestión carcelaria y el tema del estado, como estructura que determina la vida de la gente, producirán literaturas y teorías sociológicas y filosóficas en Francia y muchos otros sitios. La prisión y el estado como perpetuo vigilante y represor serán temas elaborados en otra gran novela, Los miserables, de Víctor Hugo, de 1862.
El protagonista de El conde de Montecristo parece una metáfora de un partido o bando social que, armado con el conocimiento, la ciencia y el intelecto, se opone a las clases financieras, imperialistas, corruptas, ociosas y rentistas. A la vez sostiene que la riqueza monetaria no es en sí misma dañina, ya que, dice, podría servir para hacer mucho bien.
A menudo Dantés se remite a Dios como guía y testigo de su propia conciencia, su venganza, su justicia, su amor y su sinceridad. Discretamente Dumas diferencia a Dios de la iglesia. Es incuestionable la gran religiosidad de aquella época, como también de la actual, pero podría leerse a “Dios” como metáfora del bien común, de las cosas que hacen humana a la humanidad: la necesidad de bienestar, la dignidad, amar y ser amado, formar familia, reproducir la sociedad en comunidad con los demás; la libertad, felicidad y salud de la persona.
La riqueza del texto de Dumas es extraordinaria, como son sus ironías y su conocimiento de la literatura antigua, la pintura, la música y el teatro. El autor moviliza nuestro sentimiento y nuestra ética movilizando nuestro intelecto. Busca que el lector construya con su propia imaginación lo que pasará en la novela; o sea, que se haga también autor y aprenda a relacionar las cosas. Hace alusiones que en algunos casos no entendemos, como si persiguiera que busquemos la información y así nos eduquemos más, espoleados por el placer de la lectura. Dumas escribe con elegancia y delicadeza. Evita forzar opiniones en los lectores; propicia el criterio propio.
La novela asesta golpes demoledores a la aristocracia y la sociedad ricachona y derrochadora de París, que juega frívolamente en los mercados de bonos de Haití o España, se sirve de jugosas deudas e hipotecas, se somete cobardemente a Inglaterra e invierte en las Américas. Sugiere sutilmente que el despotismo que Occidente atribuye a los gobiernos de Oriente existe también en Occidente de otras formas, incluso peores. Repudia la esclavitud y la servidumbre sin decirlo directamente, al relatar la historia de Dantés y muchas otras historias que se cuentan dentro de esa historia –como hace Cervantes en Don Quijote, que incluye una y otra vez cuentos dentro de los cuentos que habitan la novela–, infundiendo así “subjetividad” a distintos personajes, incluyendo los aparentemente poco importantes.
Los terribles acontecimientos que provoca la venganza de Montecristo en los tres criminales incluyen que Mercedes –junto a su hijo– abandone a su marido. Ya ella ha adivinado que Montecristo es Edmundo. Hay gran emotividad en el momento en que los amantes, que ya no podrán volverlo a ser, están frente a frente con su inmenso amor frustrado, o transformado, en la amarga realidad de la finitud de la vida. Han pasado muchos años.
Dantés muestra una y otra vez su decencia y generosidad. Al final, los buenos, por así decir, quedan en situación favorable, y los malos son destruidos. Pero no es un cuento religioso donde la justicia haya llegado milagrosamente. Es una historia humana, y su resultado ha requerido mucho trabajo, destreza, recursos materiales, y premeditación para hacer mal en función del bien. Es un relato asombroso y fantástico, por la fabulación libre y rica de Dumas. El final no es exactamente feliz. Quedan la tragedia y la destrucción de los castigos, y el sabor incierto que dejan.
La intensidad y el dramatismo atrapan al lector de El conde de Montecristo. El drama psicológico se agita entre los personajes así como en el lector, insertado en los conflictos históricos de la sociedad y el mundo. El relato es divertido y espectacular, y las reflexiones ilustradas e ingeniosas de Dumas parecen insistir en que la diversión, la belleza y el intelecto pueden producir fuerza moral.
Publicado el 7 de junio de 2026 en el periódico digital Verdad y democracia, de Barrio Obrero, Santurce