Han pasado 84 días desde que, el pasado 9 de febrero, Diario Rombe publicara la desgarradora situación de Martín Miko Eto Alene, conocido popularmente como “Tahata”, ingresado actualmente en El Hospital Clínico San Carlos, Madrid. Lo que en su día fue un grito de auxilio ante la opinión pública para denunciar la vulnerabilidad extrema de una figura que formó parte del tejido muscular más íntimo del Vicepresidente Teodoro Nguema Obiang Mangue, se ha transformado hoy en un laberinto de deudas y desatención por parte de su poderosa familia que gobierna el país con mano de hierro.
A pesar de la repercusión inicial de aquella revelación, el escenario actual es, si cabe, más sombrío. Según las nuevas informaciones a las que ha tenido acceso Diario Rombe, el tiempo no ha traído soluciones, sino un agravamiento de la crisis médica y logística que rodea al afectado. Mientras el estado de salud de Tahata Eto sigue siendo delicado, el compromiso de quienes deberían velar por su bienestar se ha desvanecido en un silencio administrativo y familiar.
La gravedad del caso no solo reside en la enfermedad, sino en el parentesco y la historia compartida que se está ignorando. La madre de Martín Miko y la madre de Constancia Mangue Nsue Okomo —progenitora de Teodoro Nguema Obiang Mangue— eran primas hermanas carnales, un vínculo de sangre que convierte a Martín y al Vicepresidente en primos segundos. Esta cercanía no fue solo biológica; Miko sirvió fielmente al régimen, llegando a ocupar el cargo de Jefe de Gabinete del propio Nguema Obiang.
Hoy, esa lealtad y proximidad familiar parecen no valer nada. La indiferencia que Teodoro Nguema Obiang Mangue exhibe hacia su propio primo envía un mensaje gélido a su círculo actual: si este es el trato que recibe alguien de su propia estirpe y antiguo hombre de confianza, ¿qué pueden esperar aquellos allegados que hoy le rodean? El caso de «Tahata» funciona como un espejo de lo que les aguarda a muchos: el abandono absoluto a su suerte en cuanto la salud flaquee o el desamparo real llame a su puerta.
Nuevos detalles a los que ha tenido conocimiento Diario Rombe confirman una realidad aún más alarmante: la poderosa familia de «Tahata» no ha hecho frente a las facturas hospitalarias y de cuidados básicos, las cuales se han incrementado exponencialmente durante estos últimos meses. Esta falta de respuesta financiera no solo pone en jaque la continuidad de su tratamiento, sino que evidencia un abandono sistemático que Diario Rombe pasa a detallar a continuación, exponiendo los nuevos hechos que agravan esta injusticia.
Del ictus a la UCI: una caída marcada por el abandono familiar
La imagen actual de Martín Miko Eto Alene, conocido como “Tahata”, es la negación absoluta del poder que un día ostentó como Jefe de Gabinete de Teodoro Nguema Obiang Mangue. Hoy yace en una cama del Hospital Clínico San Carlos de Madrid, en estado de semiinconsciencia, con manos y pies inmovilizados para evitar movimientos involuntarios tras sufrir graves daños cerebrales. No reconoce a nadie. No controla su cuerpo. Y, sobre todo, está abandonado por su propia familia.
La tragedia de Tahata es la de un hombre que estuvo a punto de recuperarse. A principios de año sufrió un ictus. En ese momento crítico, la aseguradora Sanitas canceló su póliza de forma fulminante, alegando que apenas llevaba tres meses asegurado. Sin cobertura médica, el Hospital HM Puerta del Sur se negó a continuar el tratamiento si no se depositaban cerca de 30.000 euros como garantía para cubrir los gastos.
Frente a ese abandono, fue un amigo —y no su familia— quien asumió los costes de su rehabilitación. Pagó 2 bonos de 20 sesiones que superaban los 1.000 euros cada uno. Gracias a ello, Martín logró recuperarse parcialmente: volvió a caminar, aunque mantenía la mano izquierda rígida, pegada al pecho. Su evolución era evidente.
Sin apoyo económico familiar (Mongomo) y en contra de la recomendación médica, Martín decidió organizar un viaje a Guinea Ecuatorial por unos días, aprovechando que su siguiente revisión estaba prevista meses después. El viaje quedó fijado para el 30 de marzo.
Sin embargo, el 25 de marzo, acudió a una revisión en el Hospital HM Puerta del Sur. La pregunta es inevitable: ¿cómo pudo acceder a esa consulta pese a la deuda pendiente? La respuesta vuelve a señalar al mismo amigo, quien le consiguió un nuevo seguro médico con Adeslas para garantizar su atención.
Fue durante esa cita cuando todo se vino abajo. Martín se desplomó repentinamente en el hospital. Ante la negativa de la familia a asumir más gastos en la sanidad privada, sus acompañantes tomaron una decisión urgente: trasladarlo al Hospital Universitario de Móstoles, un centro público.
Allí se confirmó lo peor: un segundo ictus acompañado de un derrame cerebral. Su estado era crítico. Fue derivado de inmediato al Hospital Clínico San Carlos de Madrid. En la madrugada del 26 de marzo, alrededor de la una, los médicos lo sometieron a una intervención quirúrgica de urgencia. Tras la operación, fue ingresado en la UCI, donde comenzó una lucha por sobrevivir.
Entre la agonía y la indiferencia: la familia que decidió no actuar
Esa madrugada, según ha confirmado Diario Rombe, los cirujanos operaron a Martín Miko a vida o muerte. Tuvieron que limpiar sus arterias cerebrales hasta en tres ocasiones. El pronóstico fue inmediato y demoledor. Los médicos fueron tajantes ante el amigo presente: “No creemos que llegue vivo al fin de semana”, en referencia a los días 28 y 29 de marzo. Incluso plantearon la posibilidad de donar sus órganos a la ciencia.
Ante esa situación, los amigos aclararon a los médicos que no eran familiares, sino las únicas personas que estaban asumiendo responsabilidades ante el abandono de su familia. De forma urgente, contactaron con su hermano, Carlos Martín Eto Alene —director general del Policlínico Doctor Loeri Comba de Malabo—. La reacción del entorno familiar, vinculado al núcleo de poder de Guinea Ecuatorial, fue de una frialdad absoluta.
Carlos indicó que se informara a Marcelino Olo Mba Nseng, conocido como “Pano”, Inspector General de Servicios del Vicepresidente, que se encontraba en España por motivos de salud. Pano acudió a ver a Martín. Al encontrarse con su estado crítico, se mostró visiblemente impactado. Sin embargo, según fuentes consultadas por Diario Rombe, se limitó a comunicar la situación a Constancia Mangue Nsue Okomo y a Teodoro Nguema Obiang Mangue. Nadie actuó. Nadie asumió responsabilidad económica.
Dos días después de esa visita, Martín Miko sufrió un nuevo infarto y tuvo que ser trasladado nuevamente a la UCI. Tras la intervención, el neurólogo convocó a los presentes para informarles de la gravedad de la situación. Lo más revelador fue que Pano, la persona con mayor autoridad para tomar decisiones en ese momento, se negó a entrar en la reunión y delegó al amigo del paciente. El médico repitió el mismo diagnóstico: dudaban que sobreviviera al fin de semana y recomendaban preparar el desenlace. A pesar de sus visitas casi diarias, Pano nunca asumió ninguna responsabilidad. También se contactó con Juan Olo Mba Nseng, tío de Martín y hermano de Marcelino Olo. Este envió a su hijo, Alfredo Olo Lima, conocido como “Yaye”. Su respuesta resume el nivel de implicación familiar: no hubo ayuda económica.
Atrapado entre la burocracia y el abandono
En el momento de redactar esta información, la situación de Martín Miko es crítica. El Hospital Clínico San Carlos ha agotado todas las opciones a su alcance. El paciente necesita ser trasladado de forma urgente a un centro de neurología cognitiva especializado para tratar las graves secuelas cerebrales que padece.
Sin embargo, su ingreso ha sido rechazado por dos motivos claros: la falta de tarjeta sanitaria y una deuda acumulada de 37.000 euros en el sistema público. Ante este bloqueo, la trabajadora social propuso una solución de emergencia: empadronarlo para poder solicitar la tarjeta sanitaria por razones humanitarias.
El amigo asumió esa responsabilidad y lo empadronó en su vivienda. La familia de Juan Olo Mba Nseng, pese a disponer de una propiedad en el barrio de Salamanca, se negó rotundamente a hacerlo. Resulta incomprensible que una de las familias más poderosas y adineradas de Guinea Ecuatorial se desentienda de su situación en España.
Ni familiares directos, ni allegados, ni personas de su entorno político han dado un paso al frente. El contraste es evidente: quienes durante décadas han vivido rodeados de privilegios y ostentación hoy permanecen inmóviles mientras Martín Miko lucha por su vida.
Hasta que la Comunidad de Madrid resuelva la solicitud de asistencia sanitaria por razones humanitarias, el traslado seguirá bloqueado. Mientras tanto, en el Hospital Clínico San Carlos Solo le controlan constantes básicas como la tensión y la insulina.
Su estado es alarmante: habla de forma incoherente, no reconoce a las personas y permanece en una situación de extrema vulnerabilidad. Su vida depende ahora de una decisión administrativa que aún no llega. La conclusión de quienes le cuidan es amarga: la familia, que ostenta cargos y riquezas en Guinea Ecuatorial, parece estar esperando únicamente el momento de comprar las bebidas para el funeral, ignorando que, con una fracción de su fortuna, Martín podría estar recibiendo el tratamiento cognitivo que hoy le niegan.
Lo que le está ocurriendo a Martín Miko no es un caso aislado, sino un aviso claro. Un recordatorio brutal de cómo funciona el poder cuando deja de ser útil. Quienes hoy trabajan al servicio de Teodoro Nguema Obiang Mangue deberían tomar nota: cuando llegan los problemas reales —la enfermedad, la urgencia, la vida o la muerte— cada uno queda abandonado a su suerte. Hoy es Martín. Mañana puede ser cualquiera.
La lección es evidente: nadie vendrá a rescatarles. Tendrán que resolver sus propios problemas sin esperar respaldo. Porque, cuando más se necesita, el sistema al que sirven responde con silencio, distancia y abandono.