Hay decisiones que no necesitan explicación oficial porque su significado es demasiado evidente.
Humberto González Briceño
La devolución del control de Citgo al chavismo es una de ellas. No es un gesto técnico ni un ajuste jurídico: es una definición política.
Durante años, Citgo fue presentada como un trofeo en disputa, un símbolo de legitimidad. Hoy deja de serlo. El reconocimiento de la autoridad de Caracas sobre sus activos en territorio estadounidense ha permitido la designación de nuevas juntas directivas alineadas con el poder chavista y la recuperación progresiva del control operativo de la empresa.
No se trata solo de petróleo. Se trata de poder.
Lo verdaderamente relevante no es que el chavismo recupere Citgo, sino quién se la devuelve. Washington. Y eso cambia todo.
En cuestión de semanas, Estados Unidos ha pasado de la política de aislamiento a una política de integración pragmática: levantamiento de sanciones personales, desbloqueo de activos, autorización de operaciones petroleras, reconocimiento de autoridad y reapertura de canales diplomáticos.
No hay ambigüedad posible. Son concesiones concretas, medibles, irreversibles en el corto plazo.
Y en política internacional, como bien sabía Metternich —y lo olvidó más de un canciller tropical—, los hechos pesan más que los discursos.
¿Qué significa entonces devolverle Citgo al chavismo?
Primero, que Estados Unidos ha decidido que la estabilidad de Venezuela no pasa por la oposición, sino por un acuerdo funcional con el poder real. Es decir, con el chavismo.
Segundo, que ese acuerdo no es coyuntural ni táctico. Es estructural. Incluye petróleo, seguridad hemisférica y control de flujos estratégicos en una región donde Washington ya no está dispuesto a improvisar.
Tercero, que la ficción del “interinato” y de los activos protegidos en nombre de una transición democrática ha sido archivada sin ceremonia. Como suele ocurrir con las ficciones que dejan de ser útiles.
La pregunta incómoda —y por eso necesaria— es qué implica esto para los actores internos.
Para el chavismo, el mensaje es doble: reconocimiento a cambio de disciplina. Porque este nuevo vínculo no es una alianza entre iguales, sino una relación de dependencia administrada. El chavismo obtiene oxígeno financiero, legitimidad internacional y margen de maniobra; a cambio, acepta someter su supervivencia a los parámetros de Washington.
No es soberanía. Es supervivencia supervisada.
Para la oposición, en cambio, el escenario es más áspero. Porque mientras se le ofrecen promesas vagas de transición futura, los hechos se acumulan en dirección contraria. Reuniones, declaraciones, expectativas… frente a activos devueltos, sanciones levantadas y acuerdos ejecutados.
En la misma semana en que se habla de cambio político, se consolidan decisiones que apuntan a la estabilización del poder existente. Y en política, como en economía, los incentivos reales terminan imponiéndose sobre las narrativas.
¿Queda entonces algún margen de maniobra?
Quizás. Pero dentro de un marco distinto.
Si Washington ha decidido que la estabilidad regional pasa por un entendimiento con el chavismo, entonces la oposición venezolana enfrenta una disyuntiva que durante años se negó a considerar: o se adapta a una lógica de coexistencia, o se convierte en un actor irrelevante dentro de un tablero rediseñado sin su consentimiento.
No es una conclusión agradable. Pero la política rara vez lo es.
Citgo regresa a Caracas. Pero lo que realmente vuelve es otra cosa: la vieja lección de que el poder no se disputa en abstracto, sino en función de intereses concretos.
Y hoy, esos intereses —para bien o para mal— ya no están apostando por una transición incierta, sino por un orden negociado.
Un orden que apenas comienza a tomar forma. Y cuyo costo, como siempre en Venezuela, alguien terminará pagando.

EL AUTOR es abogado y analista político con maestría en Negociación y Conflicto en California State University