El politólogo John Magdaleno sostiene que la elección libre es el punto de llegada, no el punto de partida. Antes deben producirse la liberalización política y la restitución gradual del Estado de derecho.
Humberto González Briceño
Las crisis políticas tienen una particularidad que las hace especialmente peligrosas: además de alterar el equilibrio del poder, alteran la percepción de la realidad. En esos momentos proliferan los atajos, las ilusiones y las narrativas diseñadas más para tranquilizar conciencias que para comprender los hechos. El problema es que la política castiga con severidad a quienes diseñan estrategias sobre ficciones.
En la reciente entrevista concedida al periodista Román Lozinski, el politólogo John Magdaleno hizo una advertencia que merece ser escuchada con atención. Venezuela, afirma, no ha iniciado todavía una transición democrática. Lo que existe son expectativas, conversaciones y algunos cambios de contexto, pero una transición comienza únicamente cuando se restituyen las garantías fundamentales y se abre realmente el espacio para el ejercicio de las libertades civiles.
La afirmación resulta incómoda porque desmonta uno de los relatos más extendidos en el debate público. Durante años se ha repetido que cada negociación inaugura una transición y que cada elección representa un paso irreversible hacia la democracia. Magdaleno sostiene exactamente lo contrario: la elección libre es el punto de llegada, no el punto de partida. Antes deben producirse la liberalización política, la restitución gradual del Estado de derecho y la creación de condiciones para que quienes ejercen el poder acepten eventualmente una derrota electoral.
No se trata de pesimismo. Se trata de método.
La tentación permanente de las sociedades en crisis consiste en sustituir el análisis por el deseo. Se exageran señales, se reinterpretan hechos y se fabrican expectativas que terminan convirtiéndose en estrategia. Pero ninguna estrategia puede corregir una premisa equivocada. Como enseñaba Raymond Aron, la primera obligación del analista consiste en distinguir el mundo que existe del mundo que quisiera que existiera.
Magdaleno insiste además en otra idea que suele perderse entre consignas: en política no siempre negocian quienes tienen mayor legitimidad moral, sino quienes poseen capacidad efectiva para vetar o facilitar acuerdos. Puede disgustarnos, pero comprender esa realidad es mucho más útil que negarla. La política no premia los juicios morales; premia la correcta lectura de las relaciones de poder.
Algo similar ocurre con el optimismo. El profesor no ofrece entusiasmo ingenuo, sino un “optimismo cauteloso”, sustentado en el estudio comparado de más de un centenar de transiciones democráticas. Precisamente porque conoce su complejidad rechaza las simplificaciones, las fechas mágicas y las soluciones instantáneas.
Quizá esa sea hoy la mayor enseñanza. En tiempos de incertidumbre, la esperanza no puede construirse falsificando la realidad. Las ilusiones pueden movilizar durante un tiempo; las realidades, en cambio, son las únicas que permiten diseñar estrategias capaces de modificar el curso de los acontecimientos. Confundir unas con otras ha sido, probablemente, uno de los errores más costosos de la política venezolana durante el último cuarto de siglo.- @humbertotweets

EL AUTOR es abogado y analista político con maestría en Negociación y Conflicto en California State University
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