Cuatro décadas después, las consecuencias de esta tragedia persisten y las lecciones que dejó aún no parecen aprendidas.
Chernóbil era una planta nuclear ubicada en la entonces Unión Soviética, en la actual Ucrania, a 120 kilómetros al norte de Kiev. Todo se desencadenó a la 1:23 de la madrugada, cuando la cubierta de hormigón y acero de cuatro toneladas de peso explotó luego que saliera mal una prueba de seguridad en el reactor 4, producto de una cadena de errores técnicos y políticos. El núcleo de grafito se incendió en contacto con el aire y ardió a más de 2 mil grados centígrados.
Desde la aledaña localidad de Pripiat, que fue construida especialmente para los trabajadores y científicos de la central y sus familias, se veía el incendio, pero nadie imaginaba la magnitud de lo que estaba pasando, que además fue ocultado por las autoridades soviéticas durante días. El desastre liberó a la atmósfera 400 veces más radiación que la bomba atómica lanzada sobre Hiroshima y contaminó millones de hectáreas de terreno circundante.

Pripiat, construida en la década de 1970 como una ciudad soviética modelo para alojar a los trabajadores y las familias de la central nuclear de Chernobyl, se encuentra actualmente abandonada. (Foto: Getty Images)
“Visto ya desde la lejanía de cuarenta años, Chernóbil significó el principio del fin del sueño soviético”, comenta a este Diario el historiador peruano Rodrigo Murillo. “La Unión Soviética se jactaba de su tecnología y sus avances científicos, pero Chernóbil demostró que los equipamientos que tenían eran arcaicos y que había una gran diferencia entre lo que decía el régimen y la realidad”, agrega.
“Esta tragedia fue producto del totalitarismo que se vivió en la etapa soviética, donde lo que dijera el Partido Comunista era una voz obligada”, expresa a El Comercio el analista Arturo Ponce Urquiza, docente de la Universidad Nacional Autónoma de México y de la Universidad Anahuac. “Se han escrito tantos libros y se han hecho tantas investigaciones, y todos que coinciden que el problema no fue solo porque el sistema hubiera estado mal en términos de la infraestructura de Chernóbil, sino que fue un lamentable fracaso de la cadena de mando, debido a la jerarquización del ejercicio del poder en la URSS”, explica.
Tras la explosión, la nube radioactiva se extendió por casi toda Europa, afectando sobre todo a Bielorrusia, el norte de Ucrania y el oeste de Rusia, mientras que el combustible nuclear ardió durante más de 10 días. La fuga se pudo contener después de lanzar sobre el reactor miles de toneladas de arena, arcilla y lingotes de plomo desde helicópteros.
Cuarenta años después, el número de muertos aún no es preciso pues con el transcurrir de los años muchos han perecido debido a las consecuencias de la exposición a la alta radiación, sobre todo aquellos ‘liquidadores’ o voluntarios que fueron llamados para limpiar la central. Algunas organizaciones calculan que 100 mil personas han muerto debido a la contaminación radioactiva.
“El accidente atacó la forma cómo funcionaba la Unión Soviética, porque todos los responsables en esta gran cadena de incompetencias que generaron el accidente no tenían ningún incentivo para decir la verdad. Hubo muchas mentiras que pasaron por agua tibia lo que había pasado”, refiere Murillo. Efectivamente, el líder soviético, Mijaíl Gorbachov, confesó años después que no se le dijo de inmediato que el reactor había estallado, pero luego ante las evidencias -Suecia advirtió sobre los altos niveles de radiación en el ambiente- recién informó públicamente del accidente 18 días después.
Tras la explosión, el reactor 4 debió ser sellado a toda marcha con un sarcófago de hormigón y acero, que solo tenía una vida útil de 30 años. Por ello, en el 2016 fue reemplazado por un domo de acero de 30 mil toneladas, la mayor estructura móvil construida por el ser humano, la cual deberá durar, al menos, un siglo.
Sin embargo, el nuevo sarcófago fue concebido para contener la radiación interna, pero no para proteger la central de bombardeos externos, y acá se reactiva el peligro de lo que podría ocurrir nuevamente con Chernóbil.

La televisión soviética mostró esta imagen de la central de Chernobyl en la que se podía ver un edificio medio destruido, el 30 de abril de 1986. (AFP)
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A fines de febrero del 2022, las fuerzas rusas ocuparon la central en los primeros días de la invasión de Ucrania, cuando entraron al país desde Bielorrusia con el objetivo de capturar Kiev. Los soldados cavaron trincheras y establecieron campamentos incluso cerca de la Zona de Exclusión, manteniendo el control durante un mes, poniendo en vilo al mundo nuevamente ante otro desastre nuclear. Finalmente, las tropas se retiraron.
“En los primeros días de la guerra, Rusia hizo una serie de ataques cercanos al sarcófago. Fue una amenaza del gobierno de Putin para generar más temor y tratar de controlar a Ucrania. Felizmente no se perpetró alguna explosión, no tanto porque les preocupara la salud pública de los ucranianos o del resto de Europa, sino porque eso podía afectar a la propia Rusia”, señala Ponce.
Pero el peligro nuclear no ha menguado y la tensión persiste. En febrero del año pasado, el sarcófago fue impactado por un dron ruso provocando que la inmensa estructura metálica perdiera su capacidad de contener la radiación.
La misión de la Agencia Internacional de Energía Atómica en Ucrania confirmó en diciembre pasado que la cubierta protectora “ha perdido sus funciones de seguridad primarias, incluida la capacidad de contención” , según su último informe. Si bien se han realizado reparaciones temporales, se requiere de una restauración urgente y completa para prevenir deterioros adicionales.
“Debido a la guerra, la planta tiene cierta vulnerabilidad eléctrica, pues para su manutención y sus cuidados hace falta mucha energía. Sin embargo, hemos visto cómo Rusia sigue atacando el suministro eléctrico de Ucrania”, señala Murillo.
Ucrania alberga 15 reactores nucleares, así como la mayor planta de energía nuclear de Europa, Zaporiyia, que ha quedado bajo control ruso.