Especial para En Rojo

Esta vez, no estamos en su taller, porque ya no existe. Lo ha cerrado hace unos días, su espacio en casa Rosa Luisa vio salir sus últimos moldes en camino a Chicago. Pero acordamos encontrarnos a la 1:00 en el restaurante de la esquina de la plaza de Ponce, y me escribe que llega en unos minutos.
La escultora Ada del Pilar se encuentra en el interludio, en el espacio intermedio entre segmentos de la narrativa, en ese dónde se mueve todo para la próxima escena. Nacida en Barranquitas en 1995, lugar que ha sido cuna de grandes escultores (Andrés Sierra, Rafael López del Campo, Arnaldo de la Loma, etc.) comienza su formación temprana en los talleres de la Liga de Arte de San Juan, ingresando luego en la Escuela de Artes Plásticas. En un instante, llega Ada, su cabello oscuro, entramado al igual que sus ojos.
“Yo quería ser pintora,” dice del Pilar, “se sentía bien orgánico que mi bachillerato fuera en eso… pero, poco a poco, se me fue creando la inquietud de que quizás la pintura no es la mejor herramienta para mí, para elaborar mis ideas.” Y es bajo la tutela de Dhara Rivera, en la clase de cerámica, que se introduce a la escultura, donde cambia el paradigma de su visión, del lienzo a lo multifacético. En su incursión a la cerámica, comienza a realizar moldes; aspecto que luego se convertirá en parte esencial de su proceso creativo.
Recordaba que, para finales del 2018, en su último año de bachillerato, buscaba elaborar su obra final. “Estando en su clase, me puse a pensar que mi trabajo siempre ha sido sobre la memoria,” dice Ada “por alguna razón, la narrativa familiar, siempre ha sido algo bien atractivo, desde mi propia historia, y en el ámbito global, muchas de las fotos de los álbumes se desarrollan en la casa, que en primera instancia es el primer núcleo, ese caparazón, el primer espacio.”
«Pensando en esas cosas, recordé cuando a mi hermana la pusieron a leer La Llamarada, y le dieron la asignación de visitar una central azucarera. Ella fue a la central Aguirre. Estamos allí, y desde que entramos al barrio el paisaje es distinto; las casas son distintas. Hay algo raro. Al final de la calle vez este monumento gigantesco, que es la central, y te quedas como -¿qué es esto?-«.
Allí, entraron a varias casas, abandonadas, donde había fotos tiradas por el suelo, muebles rasgados y curtidos por la exposición a los elementos. La separación entre interior y exterior se había eliminado con la perdida de las ventanas y las puertas.
«Ya yo estaba entrando a la narrativa de lo que es la casa, pero más como un concepto simbólico. Luego, empiezo a leer sobre Aguirre, sobre la caña en Puerto Rico, cuando doy con la lectura de Enrique Vivoni, que se crio allí. Leo su ensayo, y algo que yo no sabía: el diseño de las casas fue explícitamente diseñado para segregar a los obreros puertorriqueños y a los empleados americanos; por el color de la casa, la distribución geográfica de la casa- este terreno tiene escuelas, tienen cuidos, tienen clubes americanos, casas bungalow muy simbólicas de las plantaciones del sur de los Estados Unidos, mientras que en Monte Soria vivían los obreros puertorriqueños. Y eran casas que por diseño simulaban las casas de los esclavos del siglo XIX españolas. La arquitectura no es tan pasiva como creemos que es. Puede ser una herramienta, o un arma.”
Como llevando a un testigo, decide despellejar la pintura de las paredes de cuatro casas, decisión que fue introducción a su práctica de hoy. «El trabajo empezó bastante expansivo, en el sentido de verlo todo más como un macro. Y con el tiempo, mientras he estado entendiendo más aspectos históricos y hasta semióticos de la ornamentación en Puerto Rico, se ha ido concentrando en el detalle, en las ornamentaciones, en las rejas, en los moldeados que hay en las fachadas, y cómo la ornamentación es un vehículo de la identidad. El balcón es sumamente teatral.»
El balcón, la reja, el balaustre fueron excusas para poder hacer algo nuestro, una expresión personal a través del ornamento. “Es un lenguaje que se está viendo cada vez más poquito, que las personas que creaban estos elementos ya no están. Y también nos habla del desplazamiento, cultural, y de patrimonio histórico. Para mí es sumamente especial poder de alguna manera preservar eso. Aunque yo no conozca la historia de como -x- casa llegó a ser, siento que es una identidad o una memoria que pertenece a un colectivo mucho más grande. Todos compartimos esas memorias, de estar en el balcón, del primo del hermano de la abuela.” nos dice Ada.
Su obra envuelve el encuentro, el toparse con los fragmentos de la historia a través de la ornamentación, sobre la que realiza moldes, en los que cuenta sus historias de lo que pudo pasar. Las rejas se transmutan, se vuelven vítreas, transparentes al ser hechas en resina. O se vuelven fluidas, perdiendo su rigidez y propósito inicial al hacerlas en látex. Es la contemplación de un objeto que ha perdido su funcionalidad, y en ello ha surgido la esencia de su entorno. Se desplaza la función al igual que a los pueblos. “Es un desplazamiento que lo quiero plasmar desde la fachada, desde la carta de presentación.” comenta del Pilar.
Pero ha cerrado su taller, y ha habido varios con los años: las casitas en Bayamón, Ponce. Y se encuentra en el intermedio. En agosto, se va al Art Institute of Chicago a realizar una maestría en Escultura. El tener que irse, que formar parte de la diáspora a la vez es un preludio. Sigue formando parte de lo que será. Es irónico que haya que dejarlo todo para trabajar con lo que se deja.
Y nos encontramos en el restaurante, y Ada mira por la ventana, a las rejas, los ornamentos, la historia que busca capturar, congelar en el tiempo, como preservando lo que fuimos dentro de nuestro interminable intermedio.