Washington parece dispuesto a tolerar esta nueva etapa mientras garantice estabilidad petrolera y control territorial
La inflación venezolana sobrevivió incluso a Nicolás Maduro. Eso, por sí solo, ya dice demasiado sobre la naturaleza real de la crisis nacional.
El chavismo siempre intentó presentar la catástrofe económica como un accidente administrativo, una consecuencia de sanciones, conspiraciones imperiales o guerras imaginarias libradas desde Washington y Miami. Pero los números siguen allí, obstinados, incluso después del terremoto político del 3 de enero de 2026 que terminó con la captura de Maduro y la accidentada llegada de Delcy Rodríguez a la presidencia encargada.
El más reciente reporte de Cedice confirma que el deterioro monetario continúa avanzando. La inflación de abril se ubicó en 18,04% en bolívares y 13,61% en dólares. La cifra es devastadora no solo por lo que representa económicamente sino por lo que revela políticamente: el problema venezolano nunca fue exclusivamente Maduro. El problema es el modelo. Y ese modelo sigue intacto.
Porque conviene aclarar algo que muchos prefieren ignorar en medio de la euforia post-Maduro: el chavismo no cayó. Apenas mutó.
Delcy Rodríguez gobierna ahora intentando proyectar una estética distinta. Más pragmatismo, menos retórica revolucionaria, más reuniones con empresarios extranjeros, más sonrisas diplomáticas y menos discursos interminables sobre pájaros reencarnados. Incluso Washington parece dispuesto a tolerar esta nueva etapa mientras garantice estabilidad petrolera y control territorial.
Pero debajo de esa operación cosmética la estructura económica permanece esencialmente igual. El salario sigue siendo insuficiente, el bolívar continúa pulverizado y la economía venezolana permanece sostenida por una dolarización desordenada, desigual y profundamente precaria.
Y ahora aparece un fenómeno todavía más inquietante: inflación en dólares.
Ese dato desmonta una de las últimas ficciones del chavismo tardío. Durante años se sostuvo que el dólar informal había servido como ancla de estabilidad. Era la ilusión de una economía semidolarizada donde al menos existía una referencia confiable de valor. Pero cuando los precios comienzan a dispararse también en dólares lo que emerge es algo mucho más grave: la pérdida absoluta de cualquier referencia económica racional.
Es la economía de la distorsión permanente.
En Venezuela ya no se sabe qué vale realmente nada. Los precios cambian semanalmente. Los comerciantes remarcan preventivamente. Los salarios llegan devaluados antes de cobrarse. Y el ciudadano común vive atrapado en una rutina obsesiva de supervivencia matemática: cuánto cuesta hoy, cuánto costará mañana y cuántos dólares quedan antes del próximo aumento invisible.
Porque la inflación venezolana nunca fue simplemente un problema monetario. Es un mecanismo de control político.
La inflación licúa salarios sin necesidad de anunciar recortes. Reduce gasto público silenciosamente. Fragmenta el tejido social. Agota psicológicamente a la población. Una sociedad dedicada exclusivamente a sobrevivir tiene menos tiempo, energía y disposición para organizarse políticamente.
Eso no cambió con la salida de Maduro.
De hecho, algunos síntomas sugieren que el nuevo poder intenta administrar la crisis con métodos más sofisticados. Delcy Rodríguez ha anunciado incrementos de ingresos mínimos, nuevas negociaciones energéticas y cierta flexibilización económica. Pero el fondo del problema continúa siendo el mismo: un Estado incapaz de generar confianza institucional y una economía dependiente de arbitrajes políticos permanentes.
Ni siquiera el relato oficial logra ya ocultar el agotamiento estructural. El chavismo podía sobrevivir con represión, propaganda y petróleo barato. Lo que no puede controlar indefinidamente es el deterioro cotidiano que experimenta cualquier venezolano cuando entra a un supermercado.
La inflación tiene una crueldad peculiar: vuelve inútiles incluso las mentiras del poder.
Quizás por eso el nuevo gobierno intenta desplazar el debate hacia la transición política en diferido, las negociaciones internacionales o la estabilidad institucional. Todo eso importa, naturalmente. Pero mientras el dinero continúe evaporándose en los bolsillos de los venezolanos, cualquier narrativa de recuperación seguirá pareciendo lo que probablemente es: otra ficción administrativa sobre un país que todavía no termina de salir de sus ruinas.

EL AUTOR es abogado y analista político con maestría en Negociación y Conflicto en California State University